
Esa tarde Nadja se sentó sobre la cama, mullidos cojines con forma de animales traviesos la acompañaban, sonriéndole y entibiando su alma, la de mujer que espera con ansias al varón que demora hasta el desespero de la fémina.
Decidió escribir una carta a Julian, se la daría en cuanto sus cuerpos se encuentren frente a frente, debía estar preparada para que cada sentimiento guardado con celo solo para él, quedara estampado con la mayor precisión, ella no tenia experiencia en estos encuentros de almas hechos carne.
Las preguntas de rigor...¿ como será su piel? La suavidad, la tibieza, la tersura, el color...
¿como será su voz? El tono con el que le dirá cuanto la ama, el suspiro que emitirá cuando ella acaricie con ternura su cabello...
¿cuales serán sus anhelos? Como será la luz de sus ojos, cuantos besos tendrá guardada su dulce boca
En la carta se dejo llevar por los mas puros sentimientos y confesó abiertamente el amor que estaba instalado en ella, la fidelidad prometida, el compromiso de ser y estar para él por el resto de su vida, ser su compañera y amiga, y la certeza de ser el uno para el otro.
Cada vez que lo vio a través de la pantalla, comunicados por la fría tecnología, ella sabia que el roce de sus manos, el encuentro de sus ojos, y la reciprocidad en los latidos seria inevitable...entonces el corazón enloquecía por momentos y cada vez que un aviso nuevo le decía, ya llega, falta poco, en cualquier momento...
Julian por su parte, era un hombre muy muy joven, con una vitalidad impresionante, con una expresión de inocencia que era fiel reflejo de la verdadera inocencia, aquella que se va perdiendo con los años, con los golpes , con la falta de creatividad ante los avatares de la vida. Él estaba al nivel de Nadja, eran tal para cual, perfectos compañeros complementos que hacen que al verlos juntos uno sienta y confirme que el polvo de estrellas existe, y que esta regado sobre algunos en este mundo, y solo se ve cuando nuestro corazón limpio, nos permite mirar mas allá de nuestros ojos.
Las horas avanzaban, y ella cansada de esperar, casi desesperaba, necesitaba abrazarlo, olerlo, acariciarlo, su cuerpo hinchado de amor, repleto de sueños, y eternas esperanzas, daba señales que le hacían pensar que estaba pronto el momento...
A las tres de la mañana sentí el motor del auto rugir, me asomé por la ventana de mi dormitorio, supe que Julian llegaba, y Nadja sonriente iba a su encuentro, entre sus manos acariciaba su preciado tesoro, su madre sostenía los bolsos y la calma, y contenía la mirada con su hija cada vez que una contracción se presentaba, y como si aun fuera una niña buscaba el consuelo de su amiga y compañera. Aquella que una vez también confirmo su interna certeza de ser y estar para el resto de su vida, junto al amor esperado por tantos meses...su hija.